Capítulo 9

Pitt siguió a Lamben hasta el coche y se quedó sentado junto a él, aterido y horrorizado, mientras se abrían paso a duras penas entre el tráfico, cruzando el puente de Battersea camino de Sleaford Street y de la casa en la que se hospedaba Paterson.

—¿Por qué? —preguntó Lambert dirigiéndose más a sí mismo que a Pitt. Estaba encorvado, con el cuello completamente subido, la cara medio oculta, como si hiciera un viento glacial en el interior del vehículo—. ¿Por qué? ¡No tiene sentido! ¿Por qué matar al pobre Paterson? ¿Por qué ahora?

Pitt no contestó. La respuesta que se le ocurría era que Paterson había hallado, o recordado, pruebas que alteraban el veredicto del caso de Farrier’s Lane. Por supuesto, cabía la posibilidad de que fuera otra cosa, otro caso, o incluso algo personal, pero esa era tan solo una idea que le rondaba la cabeza, tan vaga que apenas rozaba sus pensamientos.

El coche se detuvo bruscamente y en él penetró un griterío que interrumpió los pensamientos e imposibilitó el diálogo.

Lambert se movía inquieto en su asiento. El retraso comenzaba a crisparle los nervios. Se inclinó y exigió saber qué les retenía, pero nadie lo oyó.

El coche giró. Uno de los caballos profirió un quejido. De nuevo comenzaron a avanzar a sacudidas.

Lambert lanzó una maldición.

Ahora se movían a un trote constante.

—¿Por qué Paterson? —preguntó Lambert de nuevo—. ¿Por qué no yo? Yo estaba a cargo del caso. Paterson solo hacía lo que se le ordenaba, pobre diablo. —Su voz era áspera y su rostro estaba crispado por una ira que no podía controlar y una honda y desgarradora pena. Miraba fijamente al frente apretando los puños—. ¿Por qué ahora, Pitt? ¿Por qué al cabo de todos estos años? ¡El caso está cerrado!

—No creo que lo esté —repuso Pitt con gravedad—. Al menos para el juez Stafford aún quedaba algo por resolver.

—Godman era culpable —afirmó Lambert entre dientes—. ¡Lo era! Todo apuntaba hacia él. Todos lo vieron, el golfillo al que dio el mensaje, los hombres de la entrada de Farrier’s Lane y la florista. Tenía motivos, más que cualquiera. Y era judío. ¡Solo un judío habría hecho eso! Fue Godman. El juicio inicial lo demostró y el tribunal de apelación lo confirmó, ¡por unanimidad!

Pitt guardó silencio. Nada podía decir que respondiera a la verdadera pregunta de Lambert o pudiera aplacar sus tribulaciones.

Llegaron a Sleaford Street. Lambert abrió la portezuela de golpe y casi se abalanzó sobre la acera, dejando que Pitt pagara al cochero. Pitt lo alcanzó en las escaleras. La puerta estaba entreabierta y había una mujer blanca como el papel en el pasillo, el cabello recogido en un desaliñado rodete, las mangas arremangadas.

—¿Qué ha ocurrido? —exclamó—. ¿Son ustedes de la policía? El caballero de ahí arriba mandó a Jackie a buscar a la policía, pero no quiso decirnos lo que pasaba. —Agarró a Lambert por la manga cuando este pasó a su lado—. ¡Eh! ¿Le han robado? ¡No hemos sido nosotros! ¡Nunca hemos robado a nadie! ¡Esta es una casa decente!

—¿Dónde está? —Lambert se zafó de la mujer—. ¿En qué habitación? ¿Arriba?

Ahora ella estaba realmente asustada.

—¿Qué ha ocurrido? —gimoteó alzando la voz. En algún lugar detrás de ella un niño rompió a llorar.

—No ha habido ningún robo —intervino Pitt con tranquilidad, aunque también él empezaba a sentirse un poco mal. Hacía tan solo unos días, tan poco tiempo, había estado sentado en la comisaría hablando con Paterson—. ¿Dónde está el hombre que ha mandado llamar a la policía?

—Arriba. —La mujer hizo un movimiento brusco con la cabeza—. Número cuatro, en el primer piso. ¿Qué ha ocurrido?

—Aún no lo sabemos. —Pitt siguió a Lambert, quien subía por las escaleras de dos en dos. Al llegar arriba se volvió, echó un vistazo a las puertas, aporreó con enojo la número cuatro e, inmediatamente, hizo girar el picaporte. Tan pronto como se abrió, irrumpió en la habitación, con Pitt pisándole los talones.

Era una estancia amplia, antigua, como tantas otras habitaciones de soltero, con un empapelado anodino, mobiliario pesado, todo ello un tanto deslucido, mas inmaculado. No tenía mucho carácter. Todo había sido escogido por su utilidad y, si bien no carecía de confort, tampoco reflejaba el gusto personal del hombre que había vivido allí.

Ignatius Livesey se hallaba sentado en la mejor butaca. Estaba muy pálido; sus ojos, sombríos y un tanto vacuos por la impresión. Cuando se puso en pie, estuvo a punto de perder el equilibrio. Por un momento le temblaron las piernas y tuvo que apoyarse dos veces en el asiento para no caer.

—Me alegro de que hayan venido, caballeros. —Su voz sonaba ronca—. Me avergüenza decir que permanecer aquí solo no me ha resultado nada fácil. Está en el dormitorio, donde lo encontré. —Respiró hondo—. Aparte de asegurarme de que está muerto, un hecho del que no cabe ninguna duda, no he tocado nada.

Lambert lo miró por un breve instante, luego se dirigió hacia la puerta del dormitorio y la abrió. Se detuvo ahogando un grito involuntario.

Pitt se acercó con aire resuelto. Paterson estaba colgado del gancho que debía sostener la pequeña y fea araña que ahora yacía de lado en el suelo. Pendía de una soga, una cuerda normal y corriente de unos cuatro metros de longitud como la que usaría cualquier carretero, salvo que en uno de los extremos había un nudo corredizo. Su cuerpo estaba rígido; su rostro, cuando Pitt se adelantó para verlo, violáceo; los ojos, desorbitados; la lengua, hinchada, asomaba entre los labios abiertos.

Lambert permanecía inmóvil, tambaleándose ligeramente como si fuera a desmayarse.

Pitt lo agarró por el brazo y tuvo que tirar de él para obligarlo a salir de la habitación.

—Venga —le indicó con severidad—. No hay nada que pueda hacer por él. ¡Señor Livesey!

De pronto este se percató de que podía ser de ayuda y avanzó hacia ellos, tomó a Lambert por el otro brazo y lo condujo hasta la butaca.

—Siéntese —le dijo con tono grave—. Respire hondo. Un duro golpe para usted, que tanto conocía a ese pobre hombre. Siento no llevar brandy conmigo, y dudo que Paterson tuviera algo.

Lambert meneó la cabeza y abrió la boca como si quisiera hablar, pero no fue capaz de pronunciar palabra.

Pitt los dejó allí y regresó al dormitorio. Las mismas preguntas que se habían agolpado en la mente de Lambert acudían ahora a la suya, pero antes de ocuparse de ellas debía analizar los hechos.

Tocó la mano de Paterson. El cuerpo se balanceó levemente. Estaba frío; el brazo, rígido. Llevaba muerto varias horas. Vestía pantalón y guerrera de uniforme negros, lisos; esta última estaba rasgada, y la insignia de sargento había sido arrancada. Aún tenía puestas las botas. Era casi mediodía. Probablemente era lo que llevaba cuando regresó a casa del último servicio, el día anterior. Si hubiera dormido, se habría levantado por la mañana y vestido para salir, el cuerpo aún conservaría algo de calor y estaría fláccido. Debía de haber muerto en algún momento de la tarde del día anterior o durante la noche. Había sido casi con toda seguridad por la tarde. ¿Por qué iba a llevar puesto el uniforme toda la noche?

El gancho estaba en el centro del techo, a apenas tres metros y medio de altura, de donde era de suponer que habría colgado la araña. No había ningún mueble lo suficientemente cerca para que pudiera haberse subido a él. Tenía que haber sido un hombre fuerte el que levantó a Paterson y después lo dejó caer desde esa altura. Debió de usar la cuerda a modo de polea, haciéndola pasar por el gancho. No había forma humana de que Paterson hubiera podido hacerlo solo, aun en el caso de que hubiera tenido motivo o creído tenerlo.

Pitt echó un vistazo en derredor por simple rutina para ver si había alguna carta, aunque sabía que tenía que haber sido un asesinato. El suicidio era materialmente imposible.

No había nada. Era un dormitorio sencillo, ordenado, sin personalidad. Una cama con una cabecera de madera ocupaba el extremo opuesto a la puerta. Una ventana de guillotina daba a un estrecho callejón con algunos cobertizos y lo que parecía ser una caballeriza.

Había un armario a la derecha, y a menos de un metro y medio de él, una cómoda. Tres sillas, una de ellas almohadillada, las otras dos de asiento duro y respaldo recto. Todas ellas estaban de pie y contra la pared. Si Paterson las hubiera utilizado para subirse encima, habrían estado bajo la araña y, probablemente, caídas.

Se acercó a ellas y las examinó una por una. No observó ninguna marca. Pero si el hombre se hubiera quitado los zapatos, no tendría por qué haberla.

Entonces oyó los pasos de Livesey y dio media vuelta.

—¿Ha averiguado algo? —preguntó Livesey en voz baja.

—No mucho —respondió Pitt irguiéndose y volviendo a mirar la habitación. Su impersonalidad le resultaba ofensiva, como si Paterson hubiera vivido y muerto sin dejar rastro. Sin embargo, si hubiera visto libros, fotografías, cartas, objetos artesanales escogidos con intención y esmero, quizá le habría ofendido más. En todo caso había una sensación de futilidad, de soledad, como si alguien se hubiera escabullido sin ser visto y su pérdida fuera advertida tan solo cuando ya era demasiado tarde. Paterson no debía de tener más de treinta y dos o treinta y tres años. Su vida no había hecho más que empezar. Y ahora no había nada.

La pregunta de Lamben resonó en su cabeza. ¿Por qué? ¿Quién podía haber hecho eso? ¿Y por qué ahora?

—Creo que llevaba bastante tiempo muerto cuando yo llegué —susurró Livesey—. Ojalá hubiera venido cuando recibí su nota anoche. Podría haberlo salvado.

—¿Le envió un mensaje? —inquirió Pitt asombrado, e inmediatamente se sintió ridículo. Debería haber preguntado a Livesey qué hacía allí. Los jueces del tribunal de apelación no acostumbraban visitar a agentes de policía en su domicilio—. Lo siento —se disculpó—. Iba a preguntarle por qué estaba aquí.

—Me mandó una nota ayer. —La voz del magistrado sonaba aún ronca, como si tuviera la boca seca—. Decía que había averiguado algo que le preocupaba enormemente y deseaba contármelo. —Rebuscó en el bolsillo y sacó un pedazo de papel doblado. Se lo tendió a Pitt.

El inspector leyó los garabatos, que incluso con la prisa y la emoción dejaban entrever su caligrafía.

Su señoría:

Perdóneme por escribirle así, pero he averiguado algo terrible que tengo que contarle o no podré dormir tranquilo una noche más. Sé que es usted un hombre muy ocupado, pero esto es más importante que cualquier otra cosa, se lo juro. No me atrevo a contárselo a nadie más.

Por favor, dígame cuándo puedo hablar con usted sobre este asunto. Su seguro servidor,

D. PATERSON, AGENTE DE POLICÍA

—¿No sabe qué era lo que tanto le preocupaba ni por qué no se limitó a contárselo al inspector Lambert? —preguntó Pitt.

—No, me temo que no —respondió Livesey bajando aún más la voz para que Lambert no lo oyera desde la habitación contigua—. Pero la insinuación implícita no es muy agradable. Debo decir que el pobre Lambert parece muy afectado. Supongo que se trata de algún caso en el que Paterson se encontraba trabajando actualmente y que resultó ser mucho más serio de lo que presumía en un principio. —Hizo una mueca de dolor, el rostro apesadumbrado, cansado y conmocionado—. Temo que pueda tratarse de algún caso de conducta improcedente o corrupción. Me niego a seguir lanzando conjeturas y, probablemente, cometer una terrible injusticia con alguien.

—¿Por qué lo escogió a usted, señor Livesey? —inquirió Pitt, que se esforzó por utilizar un tono tan cortés que despojara a las palabras de toda grosería—. ¿Lo conocía?

—De oídas, supongo —contestó Livesey con profundo pesar—. Que yo sepa, nunca lo había visto. Por supuesto conocía su nombre, ya que leí su testimonio en el juicio de Aaron Godman. Asimismo él podía saber que yo formaba parte del tribunal de apelación. Pero no, personalmente no nos conocíamos.

Pitt seguía desconcertado.

—Realmente eso no responde a la pregunta.

—Estoy de acuerdo —afirmó Livesey meneando la cabeza—. Es asombroso. Lo único que se me ocurre es que ese pobre hombre descubrió, o creyó haber descubierto, algo que no se atrevía a revelar a sus propios superiores y escogió a alguien cuyo nombre conocía y que tenía la posición y la integridad necesarias para ayudarlo. Me siento terriblemente culpable por no haber venido anoche, cuando podía haberle salvado la vida.

No había nada que Pitt pudiera decir para confortarle. No podía negarlo. Hacerlo sería condescendiente y ninguno de los dos lo creería. Livesey no se merecía eso.

El inspector se dirigió hacia el cuerpo, que seguía colgado de la cuerda, contempló el nudo, a continuación acercó una silla a fin de ver si podía alcanzar la altura suficiente para bajar el cuerpo de una vez y colocarlo donde pudiera descansar decentemente hasta que acudiera el forense y se lo llevara.

Eso era algo que Lambert podía hacer, encargarse de que avisaran a la gente adecuada. Era de suponer que Livesey no lo había hecho. Se volvió hacia él.

—¿Necesita… necesita ayuda? —preguntó el juez tragando saliva y dando un paso adelante—. Yo… —Se aclaró la voz—. ¿Qué quiere que haga?

—Iba a preguntarle si había llamado al forense —respondió Pitt.

—No, no. Simplemente mandé al chico a buscar a la policía. Pensé que…

—Lambert puede hacerlo —se apresuró a decir Pitt—. No logro deshacer el nudo, el peso lo habrá apretado. Necesitaré un cuchillo.

—Eh… —Livesey comenzaba a tener mala cara, como si los años pudieran más que él—. Iré a ver si la patrona tiene uno. Tendrá que quedarse con la cuerda, supongo. Como prueba.

—Gracias. ¿Sería tan amable de pedir a Lambert que haga venir al forense?

—Sí, sí, por supuesto. —Y como si huyera de la habitación y de su espantosa carga, Livesey dio media vuelta y salió. Un instante después, Pitt oyó su paso firme en el pasillo, luego en las escaleras.

El inspector volvió sobre sus pasos y permaneció en el dormitorio hasta que Livesey regresó con el cuchillo.

El magistrado estaba demasiado impresionado para tocar el cadáver. Estaba pálido, el sudor le perlaba la frente y el labio, y movía las manos con torpeza, como si ya no fuera capaz de coordinarlas. Pitt levantó el cuerpo tanto como pudo para aligerar el peso. Livesey cortó la cuerda, tardó unos segundos en conseguirlo. Entonces el inspector notó cómo se le venía encima de repente todo el peso de Paterson.

Livesey profirió una imprecación, la voz ahogada, y juntos dejaron el cuerpo en el suelo.

—No hay nada más que hacer aquí —afirmó Pitt con voz queda, movido por la compasión hacia Livesey y temeroso de que no fuera capaz de soportar aquel horror por más tiempo—. Vamos. Esperaremos al forense en la habitación de al lado.

Dos horas más tarde Pitt ya había interrogado a la patrona, que ahora alternaba los gritos de indignación con el mutismo provocado por el miedo, y a los demás inquilinos, sin haber sacado nada en claro de ninguno de ellos. El forense había estado allí y se había marchado, llevándose el cuerpo consigo en el coche del depósito de cadáveres; el caballo piafó y resopló al percibir el miedo de los transeúntes. Livesey, el rostro aún sonrosado, de pronto aterido de frío, se había disculpado y retirado. Pitt y Lambert estaban en el rellano delante de la puerta, las llaves en la cerradura.

Lambert sacudió la cabeza.

—No lo entiendo —repitió una vez más—. ¿Qué demonios podría querer decirle a Livesey? ¿Por qué no a nosotros? Si no a mí, ¿por qué no a usted? —Sacó las llaves de la cerradura y se las dio a Pitt. Bajaron por las escaleras uno detrás de otro.

La patrona seguía de pié en el recibidor, el rostro demacrado y los ojos encendidos.

—¡Un asesinato! —exclamó furiosa—. ¡En mi propia casa! Siempre dije que nunca debería haber admitido policías. ¡Nunca más! Lo juro, ¡nunca más!

Lamben se volvió hacia ella, el rostro blanco como el papel, los ojos centelleantes.

—¿Un joven policía es asesinado en su casa y usted tiene la desfachatez de culparlo a él? Quizá si no hubiera venido a parar aquí, ahora estaría vivo. ¿Qué clase de casa es la suya?

—¿Cómo se atreve? —espetó ella, roja de indignación—. ¿Por qué…?

—Vamos. —Pitt tomó por el brazo a Lambert, aún encarado con la mujer, en actitud combativa, tiró de él hacia la puerta. Lambert necesitaba descargar en alguien la ira y el dolor que anidaban en su interior, culpar a alguien o a algo.

—Vamos —repitió Pitt—. Tenemos mucho que hacer.

De mala gana Lambert le obedeció. Fuera el cielo estaba nublado y había empezado a llover. Los transeúntes iban encogidos, el cuello subido, ocultando el rostro del intenso frío.

—¿Qué? —preguntó Lambert entre dientes—. ¿Quién mató al pobre Paterson? ¡Ni siquiera hemos averiguado quién asesinó al juez Stafford! ¡No sabemos por qué! ¿Lo sabe usted, Pitt? —Saltó de la acera a la cuneta y luego volvió a subir—. ¿Tiene usted al menos alguna idea? Y no me diga que Godman no era culpable, eso no tiene ningún sentido. Si no lo era, ¿por qué iba alguien a remover el pasado ahora? Lograron salirse con la suya. Fue el crimen perfecto. Godman fue ahorcado y el caso está cerrado.

—¿En qué otro asunto estaba trabajando Paterson? —inquirió Pitt, que se puso a la altura de Lambert mientras caminaban por Battersea Park Road hacia algún lugar donde poder tomar un coche de vuelta a la comisaría.

—Un caso de incendio intencionado. Un par de robos —respondió Lambert—. Nada del otro mundo. Nada por lo que alguien pudiera querer matarlo. Estrangularlo en un callejón oscuro quizá, o apuñalarlo si fuera a efectuar una detención, pero no ir a su casa y colgarlo de una cuerda. Es una locura. Es esa maldita señorita Macaulay. Está decidida a vengarse. —De repente se detuvo y se volvió hacia Pitt, con los ojos brillantes y apenados—. ¡Está loca! ¡Va a por quienes considera responsables del ahorcamiento de su hermano!

—No está sola —afirmó Pitt tratando de mantener la calma—. Ninguna mujer por sí sola sería capaz de colgar a Paterson. Era un hombre corpulento y gozaba de buena salud.

—Está bien —le interrumpió Lambert con brusquedad—. La ayudaron. Es una mujer inteligente, bella, y tiene esa clase de personalidad. Algún pobre diablo se enamoró de la señorita Macaulay, y ella logró que se obsesionara de tal modo que la ayudó a hacerlo. —Hablaba demasiado deprisa y Pitt podía percibir la histeria que se apoderaba de su voz—. O quizá él lo hiciera en su lugar —continuó—. Encuéntrelo, Pitt. ¡Demuéstrelo! Paterson era un buen hombre. Demasiado bueno para morir por alguien como ella. ¡Hágalo! ¡Demuéstrelo! —Se zafó de la mano tendida de Pitt y echó a andar por la acera mojada hacia el puente de Battersea, donde los carruajes y los coches de punto traqueteaban arriba y abajo.

Pitt emprendió la larga y penosa tarea de investigar el asesinato del agente Paterson. En el informe del forense se afirmaba que la muerte se había producido por estrangulación provocada por ahorcamiento, exactamente lo que parecía. Había fallecido en algún momento de la tarde anterior; sus cálculos indicaban que había sido más bien pronto que tarde.

Por simple hábito, Pitt comprobó dónde había estado el juez Livesey a esa hora, y no le sorprendió averiguar que había asistido a una cena organizada por varios de sus colegas y que había sido visto por al menos una veintena de personas durante todo el tiempo. No es que Pitt pensara ni por un instante que él pudiera ser el culpable, se trataba de una mera comprobación ordinaria.

Su mente estaba mucho más ocupada pensando qué podría haber descubierto Paterson que tan desesperadamente deseara contar al juez. ¿Tenía algo que ver con el caso de Farrier’s Lane, como habían supuesto instintivamente, o se trataba de algo diferente?

Dejó que Lamben se ocupara de las pruebas materiales: los testigos que pudieran haber visto a alguien entrar en la pensión; la procedencia de la soga; las posibles señales dejadas por el intruso, una huella, un trozo de tela; cualquier indicio de forcejeo.

Él mismo trató de buscar un sentido, un motivo que justificara un acto aparentemente tan estúpido. Si tenía que ver con un caso en el que Paterson se encontrara trabajando en aquel momento o con algún aspecto de su vida privada, entonces sería Lambert quien podría proporcionarle los antecedentes para averiguarlo. En cambio, si tenía que ver con el caso de Farrier’s Lane, solo investigando este último lograría hallar la respuesta.

¿Había tratado Paterson de ponerse en contacto con alguien más aparte del juez Livesey? ¿Cabía la posibilidad de que lo hubiera intentado también con alguno de los otros magistrados? Era demasiado tarde para intentarlo con Stafford, ya estaba muerto. Sadler había abandonado toda responsabilidad y no le habría proporcionado ninguna respuesta. Boothroyd estaba demasiado ocupado con su ostentosa filantropía, su búsqueda de amistades e influencias, para haber participado en un asunto tan extremadamente impopular como la reapertura del caso de Farrier’s Lane.

Eso dejaba tan solo al juez Oswyn, o quizá a los letrados del caso. El procurador de Aaron Godman y el abogado que lo defendió en el juicio. No cabía duda de que lo más natural habría sido empezar por ellos, si en realidad había algo nuevo, algo que apuntara a un veredicto diferente, o a un cómplice.

¿Por qué Livesey? ¿Acaso le atribuía a él una integridad o un poder que los otros no tenían?

Pitt comenzó por solicitar una cita con el juez Granville Oswyn en su despacho y se vio gratamente sorprendido cuando se la concedieron casi de inmediato.

El despacho era espacioso, caótico y desordenado, lleno de libros, algunos en cajas, otros apilados en las mesas y amontonados sobre taburetes. Había varios sillones grandes de felpa, ninguno de los cuales hacía juego con nada, pero juntos formaban un todo confortable. Viejos carteles de teatro adornaban una pared, y de otra colgaban caricaturas de políticos de Rowlandson. Oswyn era un hombre de gustos católicos, interesantes. Había una hermosa figura de bronce de un perro de caza en la estantería y un pisapapeles de cristal de roca y jaspe en el escritorio.

El juez era un hombre corpulento, cordial, con un atuendo nada favorecedor. Tenía esa clase de rostro que, de algún modo, resultaba familiar, aunque Pitt sabía perfectamente que no se conocían. Una sonrisa le iluminó el semblante, como si de verdad se alegrara de ver al inspector.

—Mi querido amigo, pase, pase. —Se puso en pie tras el escritorio y señaló el mejor sillón—. Por favor, siéntese. Póngase cómodo. ¿Qué puedo hacer por usted? No tengo la menor idea, pero dígame. —Volvió a acomodarse en su silla, aún con la sonrisa en los labios.

No valía la pena andarse con rodeos, y no jugaba con la ventaja de la sorpresa.

—Estoy investigando la muerte del juez Stafford —comenzó Pitt.

El rostro de Oswyn se ensombreció.

—Un asunto muy feo —dijo frunciendo el entrecejo—. Verdaderamente feo, No me explico cuál pudo ser el motivo. Un hombre honrado. Nunca pensé que pudiera tener un enemigo en este mundo. Al parecer me equivoqué. —Se reclinó y cruzó las piernas con parsimonia—. ¿Qué puedo decirle que no sepa ya?

Pitt se acomodó ligeramente.

—Estaba volviendo a estudiar el caso de Farrier’s Lane, ¿lo sabía?

El rostro de Oswyn perdió su cordialidad, y una mueca de inquietud ocupó su lugar.

—No. ¿Está seguro de que no se equivoca? No había nada que estudiar. Lo revisamos todo con detenimiento durante la apelación. —Miró a Pitt con expresión preocupada, se reclinó un poco más y apoyó los codos en los brazos de la silla, juntando la yema de los dedos—. Lo más probable es que estuviera tratando de satisfacer a la pobre señorita Macaulay. No estaba dispuesta a dejar el asunto, ¿sabe usted? Es triste. Estaba muy unida a su hermano y sencillamente se negaba a creer que hubiera sido él. Pero no había lugar a dudas. En absoluto. En su momento todo fue correcto.

—¿Cuáles fueron los fundamentos de la apelación? —preguntó Pitt, como si no tuviera ni la menor idea.

—Oh, médicos. Una formalidad, en verdad. Tenía que haber algo.

—¿Y así fue como !a trataron? ¿Como una formalidad?

Oswyn estaba horrorizado. Dejó caer las manos de inmediato.

—¡Dios santo, no! Claro que no. Estaba en juego la vida de un hombre, y aún diría más, los mismos principios de la justicia británica. No solo debe hacerse, sino que se ha de ver que se hace, y para satisfacción de todos. De lo contrario, se pierde el respeto a la justicia y ya no funciona para nadie. Oh, claro que estudiamos el caso minuciosamente. No había nada dudoso, nada en absoluto. —Entrecerró los ojos y miró a Pitt con cierto nerviosismo.

—¿Le comentó algo el juez Stafford últimamente? —Pitt tanteaba el terreno buscando el momento de intercalar la pregunta deseada entre las obviedades.

Oswyn dudó apenas un instante, un segundo de indecisión, pero allí estaba, y Pitt lo vio. Oswyn sonrió al percatarse de la expresión del rostro de Pitt, que delató que lo había visto.

—Bueno, sí, algo me dijo. —Se encogió de hombros—. Pero no fue… nada serio, ¿me comprende?

—No —dijo Pitt poco servicial—. ¿Cómo puede un asunto así no ser serio?

Oswyn ya había tenido tiempo de reflexionar. Su respuesta denotaba seguridad.

—¡Era un fastidio! La pobre señorita Macaulay seguía importunándolo, intentando encontrar a alguien que la creyera y reabriera el caso. Y Stafford, pobre diablo, era el hombre en quien ella estaba concentrando sus esfuerzos. —Se encogió de hombros y sonrió tratando de parecer relajado—. Solo mencionó eso. Era una situación muy embarazosa. Estoy seguro de que lo comprende, ¿verdad, inspector? —Dejó escapar una risilla, en la que no había nerviosismo ni rastro de humor.

—¿Por si se había producido una omisión o un error? —preguntó el inspector.

—¡No! —Oswyn se incorporó al tiempo que golpeaba el escritorio con la mano. Tenía el rostro un tanto sonrosado, la mirada seria—. No hubo… —Meneó la cabeza—. No hubo ningún error. El asunto era muy sencillo. —Miró a Pitt fijamente, con expresión grave—. La apelación se planteó basándose en las pruebas médicas. En un principio Yardley dijo que creía que la herida que mató a Blaine había sido causada por algún tipo de puñal. Luego, al examinarlo, admitió que podía haber sido un clavo de herrador especialmente largo.

—Los clavos de los herradores tienen una longitud determinada —argumentó Pitt—. Han de entrar en los cascos de los caballos. Tienen una longitud limitada, aunque después los corten.

—Sí, por supuesto. —Oswyn rechazó la idea con impaciencia—. Está bien, entonces un clavo normal. Ese hombre es cirujano, no herrero. Quizá solo fuera un trozo de metal que había por el patio. El caso es que no tenía que ser necesariamente un puñal.

—¿Había clavos de ese tipo o trozos largos de metal por el patio? —preguntó Pitt—. Seguro que no habría sido difícil encontrar un trozo de metal manchado de sangre.

Oswyn pareció sobresaltarse.

—No tengo ni idea. Por el amor de Dios, estábamos en el tribunal de apelación. Eso fue varias semanas después del juicio, que a su vez se celebró varias semanas después del crimen. A esas alturas cualquiera podría haber pasado por el patio, y probablemente así fuera.

—¿De modo que cualquiera que fuera el arma jamás se encontró?

—Supongo que no. Quizá fuera uno de los clavos que utilizó para clavarlo. —Haciendo un esfuerzo Oswyn bajó el tono de voz—. Pero fuera lo que fuese, inspector, ahora es demasiado tarde para que nada ni nadie pueda arrojar alguna luz sobre el asunto. Es muy poco probable que el pobre Stafford estuviera investigándolo, ¿no es cierto? —Eso era lógico, y lo sabía.

—No obstante —arguyó Pitt—, si Yardley cambió de opinión, entonces había un componente de incertidumbre en las pruebas. Parece que bastó para llevar el caso ante el tribunal de apelación.

—Un acto de desesperación. —Oswyn torció el gesto, y la tristeza asomó a su boca, amplia y expresiva—. Un hombre es capaz de hacer cualquier cosa para evitar la soga, ¿quién puede culparlo?

—¿Recuerda al agente Paterson? —Pitt cambió repentinamente de tema.

—¿Agente Paterson? —Oswyn repitió el nombre, pensativo—. Creo que no, ¿por qué?

—Fue el agente que llevó a cabo gran parte de la investigación.

—Ah sí. ¿No fue él el que halló la prueba definitiva? ¿La florista que vio a Godman en Soho Square justo después del crimen? Buen trabajo. El héroe del momento, ese Paterson. ¿Por qué?

—Fue asesinado el martes por la noche.

La sorpresa y el pesar de Oswyn parecían sumamente reales.

—Oh, Dios mío… ¡cuánto lo siento! Es una verdadera lástima. Un joven muy prometedor. —Meneó la cabeza—. Una profesión peligrosa, la de policía. Aunque supongo que usted ya lo sabe.

—No fue en acto de servicio. Lo asesinaron en su propia casa. Lo ahorcaron, para ser exactos.

—¡Dios santo! —Oswyn estaba atónito. Su rostro perdió el color, quedó blanco, y toda la sensación de bienestar y cordialidad que había formado parte de su persona desde un principio se desvaneció—. ¡Qué horror! ¿Cómo… quién lo hizo?

—No tenemos ni idea, por el momento.

—¡Ni idea! Pero seguramente… —Se interrumpió de pronto, confundido y profundamente contrariado—. ¿No creerá que tuvo algo que ver con Kingsley Blaine? Quiero decir… —De manera instintiva se llevó la mano a la garganta y tiró del cuello de la camisa hasta aflojarlo un tanto—. Dios mío, ¿por qué?

—Eso es lo que trato de determinar. —Pitt le observó atentamente—. Interrogué a Paterson con bastante detenimiento sobre la investigación original del caso. Me pregunto si algo de lo que dije podría haberle impulsado a hacer algo, a decir a alguien algo que provocara su asesinato.

Oswyn se pasó una mano por la frente ocultando momentáneamente el rostro.

—¿Insinúa que Godman no era culpable y que la persona que en verdad cometió el crimen está asesinando a todo aquel que parezca tener intención de reabrir el caso? Eso no tiene sentido, inspector. ¿Han atentado contra usted?

—No —admitió Pitt—. Pero yo sigo tan confundido como al principio. No he descubierto prueba alguna que indique que Godman no fuera culpable. De hecho, cuanto más averiguo, más me convenzo de que lo era.

Oswyn respiró hondo y se revolvió un tanto en su asiento, como si de repente se sintiera inmensamente aliviado.

—Entiendo. —Tragó saliva—. Entiendo. Un caso trágico y en extremo desagradable, pero resuelto en su momento. —Se mordió el labio—. He servido a la ley toda mi vida, inspector. No… eh… no soportaría pensar que cometimos tal error. Eso… pondría en peligro muchas cosas que considero de inconmensurable valor para el pueblo británico. A decir verdad, cosas que constituyen un modelo para el mundo. —Hablaba de un modo extrañamente ampuloso, como si no estuviera del todo convencido de lo que decía—. Gran parte de la legislación de Estados Unidos de América está basada en nuestro derecho consuetudinario. Supongo que es usted consciente de eso… sí, por supuesto que sí. La ley está por encima de todos nosotros, es más importante que cualquier individuo.

—Supongo que la ley solo se puede medir por su forma de tratar al individuo, ¿no es cierto, señor Oswyn?

—Oh. Creo que esa afirmación es demasiado… demasiado tajante, demasiado simplista, si me permite que lo diga. Hay en juego cuestiones muy profundas. —Se interrumpió de forma repentina, el rostro sonrosado—. Pero eso no le servirá de nada en su intento de averiguar quién asesinó al señor Stafford o a ese desafortunado agente. ¿En qué puedo ayudarle yo?

—No estoy seguro de que pueda —reconoció Pitt—-. Lo último que hizo Paterson antes de que lo mataran fue enviar una nota al juez Livesey para informarle de que había averiguado algo terrible y deseaba contárselo lo antes posible. Por desgracia… —Hizo una pausa. Oswyn había vuelto a perder el color, parecía encontrarse mal.

—¿Le… eh… —balbuceó el juez —escribió una nota a Livesey? ¿Qué… qué había averiguado? ¿Lo decía? ¿Lo sabe usted?

Pitt estaba a punto de decir que no, pero luego cambió de opinión.

—La carta iba dirigida al juez Livesey. Fue él quien lo encontró cuando fue a su casa al día siguiente.

—Pero ¿qué decía la nota? —preguntó Oswyn con tono apremiante, inclinándose sobre el escritorio y acercándose al inspector—. Livesey ha de…

—Por eso he venido a verlo —dijo Pitt en honor a la verdad, a sabiendas de que una mentira no pasaría inadvertida—. El caso de Farrier’s Lane…

—¡No sé nada! Creía que Godman era culpable. Aún lo creo. —Ahora el sudor le perlaba el labio—. No puedo decir otra cosa. No sé nada, y formular conjeturas sería sumamente irresponsable por mi parte. —Su voz subía de tono y volvía a teñirse de nerviosismo—. Un hombre de mi posición no puede aventurarse a hacer insinuaciones disparatadas acerca de errores judiciales. Tengo responsabilidades… Considero… —Respiró hondo—. Estoy en deuda… tengo obligaciones para con la ley a la que sirvo. Tengo deberes. Por supuesto, si tiene pruebas, eso sería diferente. —Se quedó mirando fijamente a Pitt, los ojos muy abiertos, atribulados, esperando un comentario.

—No. Aún no hay pruebas.

—Ah. —Oswyn dejó escapar un prolongado suspiro—. Entonces, cuando pueda ayudarle, no dude en volver y hacérmelo saber.

Era una forma educada de despedirlo, y el inspector la aceptó como tal. De todos modos, ya no podía averiguar nada más de boca de Oswyn. No había hechos, tan solo una profusión de impresiones.

—Muchas gracias. —Se puso en pie—. Sí, puede estar seguro de que lo haré. Tan pronto como haya averiguado exactamente lo que decía la nota.

—Sí… sí, por supuesto.

Hasta la mañana siguiente Pitt no logró concertar una cita con Ebenezer Moorgate, el procurador que llevó el caso de Aaron Godman. Moorgate prefirió no encontrarse con él en su despacho, que compartía con varios compañeros, sino en una taberna a unos dos kilómetros y medio de distancia. Era un local reducido, abarrotado de simples oficinistas, pequeños comerciantes y haraganes. Había cerveza derramada por el suelo, cubierto de serrín, y el olor a verduras hervidas se mezclaba con el de la cerveza rancia, la suciedad y el exceso de gente.

Moorgate parecía fuera de lugar con su elegante traje, su impoluta camisa blanca con cuello de pajarita almidonado y su rostro exquisitamente barbeado. Tenía una jarra de cerveza en la mano, pero no la había tocado.

—Llega usted tarde, inspector Pitt —observó tan pronto como este, tras abrirse camino a empujones entre la multitud, se sentó a la pequeña mesa situada en un rincón—. De todos modos no acierto a comprender el objeto de esta reunión. El caso al que se refiere se cerró hace mucho tiempo. Apelamos… y perdimos. Volver a abrirlo solo puede causar más dolor, en vano.

—Por desgracia ha dejado de ser un caso antiguo, señor Moorgate. Han muerto otras dos personas.

—No le entiendo —afirmó Moorgate con cautela, agarrando la jarra con más fuerza—. No puede tener que ver con el caso. Perdone usted, pero eso es un disparate.

—El juez Stafford primero, y ahora el agente Paterson.

—¿Paterson? —Moorgate abrió los ojos como platos—. No lo sabía. Pobre hombre. Pero es una coincidencia. Trágica, pero una coincidencia. Tiene que serlo.

—Escribió al juez Livesey justo antes de ser asesinado para informarle de que tenía algo urgente que contarle… urgente y terrible.

Moorgate tragó saliva.

—Usted no mencionó que lo habían asesinado.

Un hombre se dio la vuelta en la mesa contigua, el rostro lleno de curiosidad. Más allá, otro dejó de hablar y se quedó mirando.

Moorgate se humedeció los labios.

—¿Qué insinúa, inspector? ¿Que alguien del caso de Farrier’s Lane está asesinando a gente? ¿Por qué?

¿Para vengar a Godman? Eso es ridículo. —Había alzado la voz y hablaba más deprisa, ajeno al revuelo que estaba provocando—. Por lo que usted dice, parece que Paterson podría haber descubierto quién mató a Stafford. O creía haberlo hecho. Es evidente, ¿no cree? Podría ser esa mujer, la señorita Macaulay. La pérdida de su hermano, todo ese escándalo y un final tan espantoso la trastornaron. —Miraba a Pitt fijamente—.He visto a mujeres volverse locas por menos que eso. El envenenamiento es un método femenino la mayoría de las veces. Me atrevería a pensar que usted podría probarlo. —Su tono denotaba enojo y parecía un tanto acusador.

—Es posible —convino Pitt—. Sin embargo, dado que Stafford parecía estar planteándose reabrir el caso, no logro ver qué motivo podría tener ella. Sería la primera persona a la que la señorita Macaulay desearía seguir viendo con vida.

—¡Tonterías! —Moorgate desechó la idea con un movimiento de la mano que tenía libre—.Nada más que tonterías, mi querido amigo —repitió—. No hay ningún motivo para reabrir el caso. Estoy muy familiarizado con él, ya lo sabe. Yo fui quien lo llevó en su momento. Si alguna vez vi un caso perdido, era este. Hicimos todo cuanto pudimos, claro está. Es nuestra obligación. Pero nunca hubo ninguna posibilidad. —Meneó la cabeza vehementemente—. Estaba claro que ese pobre diablo era culpable. —De pronto recordó su cerveza y bebió un trago mientras miraba en derredor al abultado grupo de personas que lo observaban ahora—. La señorita Macaulay no pudo aceptarlo. Suele pasarle a la familia. Es natural, supongo. Probablemente fue eso lo que Stafford le dijo ese día, y no me extrañaría que en un arrebato de decepción y frustración lo matara. Lo consideraría una especie de traición. Es una mujer muy apasionada, ya lo sabe, muy exaltada. Supongo que así son las actrices… un tanto desequilibradas. Una profesión poco apropiada para una mujer… pero supongo que ninguna dama la escogería, y ahí tiene el resultado.

—Ella no mató a Paterson —aseguró Pitt con un irracional desagrado que le sorprendió.

—¿Está usted seguro? —Moorgate ni siquiera se molestó en ocultar su escepticismo.

—Totalmente —afirmó el inspector con acritud—. Lo colgaron del techo, en su propia casa. Ninguna mujer podría hacer tal cosa. Tuvo que ser un hombre fuerte el que lo hizo. Al igual que tuvo que ser un hombre fuerte el que levantó a Kingsley Blaine y lo sujetó mientras le claveteaba las muñecas a la puerta de las caballerizas.

Moorgate se estremeció y dejó la jarra de cerveza en la mesa como si de repente se hubiera vuelto agria, imbebible. Ahora todo el mundo en seis metros a la redonda estaba callado, mirando.

—No sé si le comprendo bien, inspector. ¿Qué sugiere? —preguntó Moorgate visiblemente enfadado, con el rostro encendido.

—Los hechos lo sugieren, señor Moorgate no yo —respondió Pitt con calma.

—A mí me sugieren una disputa personal. —Moorgate tragó saliva—. ¿Tenía alguna aventura amorosa o algo parecido? Quizá fuera algún marido celoso.

—¿Quien lo colgó? —Pitt enarcó las cejas—. ¿Es eso lo que le dice su experiencia, señor Moorgate?

—Yo no tengo ninguna «experiencia» —replicó Moorgate con frialdad—. Soy procurador, no abogado criminalista. Y le ruego que baje la voz. ¡Está dando el espectáculo! Los asesinatos son poco comunes en mi despacho. Y no tengo ni idea de lo que hacen los maridos o los amantes celosos cuando descubren que están siendo engañados.

—Cosas apasionadas o violentas —afirmó Pitt con una sonrisa torcida, consciente de la muchedumbre que los rodeaba. No era su voz lo que había despertado su interés—. Disparar si tienen un arma —prosiguió—. Apuñalar si tienen a mano un cuchillo, que no es difícil de encontrar. Si se desata una pelea espontánea, entonces golpean, o incluso estrangulan. Pero ir a casa de un hombre con una cuerda, descolgar la araña (es de suponer que antes de que llegue o bien mientras está inconsciente o atado), colgarlo del cuello y ahorcarlo…

—¡Por el amor de Dios, hombre! —exclamó Moorgate furioso—. ¿Es que no tiene usted un mínimo de consideración?

—Requiere un elevado grado de premeditación y despiadada planificación —concluyó el inspector, implacable.

—Entonces fue por otro motivo —espetó Moorgate—. Sea como fuere, no tiene nada que ver con ninguno de mis casos y no puedo ayudarle. —Dejó por fin en la mesa la jarra de cerveza, que se derramó con gran disgusto suyo—. Le recomendaría que estudiara detenidamente la vida privada de ese pobre desgraciado. Quizá tuviera deudas. Los usureros pueden ponerse violentos si se les engaña. La verdad es que no tengo ni idea, pero es su deber, no el mío, descubrir la verdad. Ahora, si no tiene nada más que añadir, debo regresar a mi despacho. En breve habrá clientes aguardándome. —Y sin preocuparse de si Pitt tenía alguna pregunta más, se puso en pie y, al hacerlo, golpeó la mesa y derramó aún más cerveza. Hizo una leve y forzada inclinación de la cabeza y se marchó.

Barton James, el abogado defensor, era un hombre muy distinto, más alto y enjuto, de un porte más distinguido y aplomado. Recibió al inspector en su despacho y se interesó cortésmente por su salud, tras lo cual le invitó a tomar asiento.

—¿Qué puedo hacer por usted, señor Pitt? —preguntó con interés—. ¿Tiene algo que ver con la muerte del pobre Samuel Stafford?

—Indirectamente, sí. —Pitt había decidido mostrarse más circunspecto esta vez, al menos para empezar.

—¿De veras? —James arqueó las cejas—. ¿En qué puedo ayudar? Lo conocía, por supuesto, pero no mucho. Era juez del tribunal de apelación, ha pasado algún tiempo desde que presidía juicios. Hace quince o dieciséis años que no llevo un caso ante él.

—Usted recurrió uno de sus casos más célebres ante él.

—Varios —convino James—. Eso no constituye una relación. No creo que sepa nada en absoluto que tenga que ver con su muerte. Pero, por favor, no faltaba más, pregúnteme lo que desee. —Se reclinó sonriendo amablemente. Su actitud era segura; su voz, excelente. A Pitt no le costaba imaginarle dirigiéndose a la sala, atrayendo la atención del jurado con la fuerza de su personalidad. ¿Con qué vehemencia había defendido a Aaron Godman? ¿Con qué pasión o convicción había intercedido en su favor?

Pitt tuvo que hacer un esfuerzo para que su mente volviera al presente, a la lenta formulación de sus preguntas.

—Gracias, señor James. Verá, no es solo el asesinato del señor Stafford lo que estoy investigando; parece haber otro relacionado con el asunto. —Pitt advirtió que James abría desmesuradamente los ojos—. El del agente Paterson.

—¿Paterson? ¿No es ese el joven que trabajó en el caso de Farrier’s Lane? —preguntó James; un diminuto músculo le aleteaba en el párpado.

—Sí.

—Oh, Dios mío. ¿Está seguro de que guarda relación? El oficio de policía puede ser muy peligroso, supongo que no hará falta que se lo diga. ¿No podría ser una coincidencia? El caso de Farrier’s Lane se cerró hace aproximadamente cinco años. Bueno, ya sé que la señorita Macaulay sigue intentando reavivar el interés por él, pero me temo que la suya es una causa perdida. Es tan solo su devoción por su hermano lo que la impulsa. No tiene ninguna posibilidad de éxito.

—¿Está usted completamente seguro de que era culpable?

James se revolvió un tanto en su asiento.

—Oh, por supuesto, completamente seguro. Me temo que no hubo ninguna duda.

—¿Eso pensó en su momento?

—¿Cómo dice?

—¿Eso pensó en su momento? —repitió Pitt observando el rostro de James, la larga y aristocrática nariz, la boca al borde de la comicidad, los prudentes ojos.

James adelantó el labio inferior con expresión triste.

—Me habría gustado creerlo inocente, claro está, pero he de confesar que a medida que avanzaba el caso me resultaba cada vez más difícil.

—¿Cree que el veredicto fue correcto?

—Así es. Y lo mismo habría creído usted si hubiera estado allí, señor Pitt.

—Sin embargo apeló.

—Naturalmente. Era lo que Godman y su familia querían. Es normal agotar todos los recursos disponibles cuando van a ahorcar a un hombre, por muy escasas que sean las probabilidades de éxito. Les advertí que era muy poco probable que admitieran la apelación. No quise alimentar falsas esperanzas; no obstante hice todo cuanto pude, como es lógico. Como usted sabe, fue desestimada.

—¿Los motivos eran insuficientes?

James se encogió de hombros.

—Al parecer el forense, Humbert Yardley, un hombre de total confianza, sin duda lo conocerá, cambió de opinión respecto del arma. No es propio de él hacer tal cosa. Probablemente el horror de todo este asunto (fue un crimen horripilante, como supongo que sabrá) le hiciera perder temporalmente su habitual serenidad. —Se reclinó de nuevo en su asiento, el gesto un tanto hosco—. Fue una atrocidad de dimensiones extraordinarias, como ya sabe. A ese hombre no solo le asesinaron, además fue crucificado. Los periódicos lo anunciaron en primera plana. Se suscitaron emociones muy profundas y violentas. En algunos barrios hubo disturbios antisemitas. Se asaltaron y destrozaron casas de empeños. Los judíos fueron agredidos en las calles. Todo fue extremadamente desagradable. —Sonrió con amargura—. Yo mismo fui el blanco de numerosas injurias por defenderlo. Tuve que vivir la costosa y embarazosa experiencia de que me arrojaran fruta podrida y huevos al pasar por Covent Garden. ¡Gracias a Dios que no fue en Billingsgate!

Pitt reprimió una sonrisa. Había visitado el mercado de pescado en un día de calor.

—¿En algún momento creyó que fuera inocente, señor James?

—Presumí que era inocente. Es mi deber. Que no es lo mismo. Pero lo que yo crea es irrelevante. —Miró al inspector con gravedad—. Hice todo lo que pude por él, y creo que ningún abogado del país habría logrado la absolución. Las pruebas eran aplastantes. Fue visto a menos de un kilómetro del lugar, a la hora del crimen y con total claridad por alguien que lo conocía de vista. Luego estaba el testimonio del golfillo que entregó a Blaine el mensaje que le llevó a Farrier’s Lane, y el de los maleantes que lo vieron abandonar el callejón cubierto de sangre.

—¿Lo identificó el golfillo? —preguntó Pitt al instante—. Creía que no estaba seguro.

James apretó los labios en actitud pensativa.

—Sí… supongo que, estrictamente, no lo estaba. Y más estrictamente aún, tampoco lo estaban los maleantes. Y en realidad es posible que exageraran con lo de la sangre. Es difícil saber lo que un hombre ve en su momento y lo que la imaginación añade después, a posteriori. —Meneó la cabeza, sonriendo de nuevo—. Sin embargo, la florista lo conocía de vista y no tuvo ninguna duda. Godman incluso se detuvo y habló con ella, lo cual demuestra una extraordinaria sangre fría o bien una arrogancia rayana en la demencia.

—Y no tiene usted ninguna duda de su culpabilidad —insistió Pitt.

James frunció el entrecejo.

—Habla como si usted la tuviera. ¿Ha descubierto algo que no estuviera a nuestro alcance en su momento?

Era una curiosa elección de palabras. James se había asegurado de protegerse de la insinuación de que podría haber sido negligente. Con discreción, de manera implícita más que abiertamente, se estaba defendiendo.

—No —contestó el inspector con prudencia—. Nada de lo que esté seguro. No obstante, parece inevitable concluir que Paterson quizá se replanteara su investigación después de que yo lo interrogara al respecto y que, al hacerlo, descubriera algo o hallara una interpretación diferente del asunto. En la nota que envió a Livesey mencionaba…

—¿La nota que envió a Livesey? —James estaba asustado y súbitamente alarmado, el cuerpo agarrotado, la voz tensa—. ¿Al juez Ignatius Livesey?

—Sí… ¿no se lo había dicho? —Pitt fingió un ofuscamiento que no sentía—. Le ruego me disculpe. Sí, antes de que lo asesinaran; por cierto, fue ahorcado, con una soga, lo colgaron del gancho de la araña de su habitación. —El rostro de James reflejó cierta repugnancia y una creciente consternación—. Antes de ser asesinado —prosiguió Pitt— envió una nota al juez Livesey para decirle que había descubierto algo terrible que debía contarle lo antes posible. Fue el pobre Livesey quien lo encontró a la mañana siguiente. Por desgracia, no pudo ir a verlo esa misma noche.

James permaneció en silencio unos instantes, el rostro serio. Al cabo habló:

—No me lo había dicho. Ahora las cosas toman un cariz muy diferente e inquietante. —Meneó ligeramente la cabeza—. Me temo que no se me ocurre nada que pueda serle de utilidad; a decir verdad, nada ni remotamente relevante.

—¿Ni Paterson ni el juez Stafford se pusieron en contacto con usted para tratar este asunto?

—Con toda seguridad, Paterson no. No volví a hablar con él después del juicio. —James se revolvió un tanto en su asiento—. Stafford sí vino a verme hace algunas semanas. La señorita Macaulay le había escrito varias veces, al igual que a muchas otras personas, para tratar de despertar su interés por el caso. Aún espera lavar el apellido Godman, lo cual es de todo punto imposible, claro está, pero no está dispuesta a aceptarlo. —Hablaba cada vez más deprisa—. La señorita Macaulay había avanzado enormemente en el asunto. Pero yo no me lo tomé en serio. Ya estaba al tanto de su… obsesión. Era de esperar que acosara a Stafford. Me sorprende que él le prestara atención, pero es una mujer de lo más… elocuente y posee esa clase de atractivo que algunos hombres no pueden resistir.

—¿Qué quería el juez Stafford que hiciera usted, señor James? Perdone que se lo pregunte, pero él no puede decírmelo y podría ayudarme a averiguar quién lo mató.

—Prácticamente lo mismo que me está pidiendo usted, inspector. Y lamento no poder ayudar a ninguno de los dos. No sé nada que no supiera, y dijera, en su momento.

—¿Es eso todo? ¿Está seguro?

—Bueno… —James seguía sintiéndose incómodo, pero no eludió la cuestión—. Me preguntó por Moorgate, el procurador que se encargó del caso, por su reputación y eso. —Parecía violento—. El pobre Moorgate ha decaído bastante desde entonces. Ignoro por qué. En todo caso sigue siendo perfectamente capaz, y en aquel momento era un excelente profesional.

—El señor Moorgate, al igual que usted, creía a Godman culpable —señaló Pitt.

El rostro de James se ensombreció.

—Con las pruebas de que disponíamos, las cuales siguen siendo indiscutibles, no se podía extraer ninguna otra conclusión razonable, señor Pitt. Usted mismo no ha aportado nada hasta el momento que lo refute. No tengo ni idea de quién mató a Stafford o a Paterson, y admito que todo indica que su relación con el caso de Farrier’s Lane tiene algo que ver, pero ignoro de qué se trata. ¿Acaso usted lo sabe?

Era un desafío.

—No —reconoció el inspector con tranquilidad—. Aún no. —Echó hacia atrás el sillón—. Pero tengo la intención de averiguarlo. Paterson solo tenía treinta y dos años. Me propongo descubrir quién lo ahorcó… y por qué. —Se puso en pie.

James también se levantó, siempre educado. Le tendió la mano.

—Le deseo mucha suerte, señor Pitt. Espero que tenga mucho éxito. Buenos días.

—Solo una cosa más. —El inspector vaciló—. A Godman le propinaron una gran paliza mientras estuvo detenido. ¿Sabe cómo ocurrió?

Una sombra de profundo desagrado apareció en el rostro de James.

—Dijo que un policía le golpeó —contestó—. No tengo ninguna prueba, pero le creí.

—Entiendo.

—¿Ah sí? —Era un desafío, no exento de ira—. No lo mencioné en su momento porque no podía demostrarlo. Además, no habría hecho más que predisponer aún más al jurado a considerar que estaba difamando a las fuerzas del orden y, por lo tanto, indirectamente, a la gente en general. Además, no era pertinente. —Las mejillas de James se tiñeron de rojo—. No habría cambiado el veredicto.

—Lo sé —afirmó Pitt con sinceridad—. Solo quería saberlo, por mí mismo. Explica un tanto la actitud de Paterson.

—¿Fue Paterson? —quiso saber James.

—Eso creo.

—¡Qué desagradable! Supongo que usted pensaría automáticamente en la venganza, ¿no es así?

—No por parte de Tamar Macaulay. No por la forma en que asesinaron a Paterson. Tuvo que ser un hombre con mucha fuerza.

—¿Con ayuda de Fielding? ¿No? Bueno, es una posibilidad que deberá tener en cuenta. Gracias por su franqueza, inspector Pitt. Buenos días.

—Buenos días, señor James.

Pitt informó a Micah Drummond, no porque esperara algún comentario por su parte, ni desde luego ayuda alguna, sino porque era su deber.

—Lo que usted estime apropiado —dijo Drummond distraído mientras contemplaba el golpeteo de la lluvia contra la ventana—. ¿Le está poniendo trabas Lambert?

—No —respondió Pitt con franqueza—. Al pobre diablo le ha afectado mucho la muerte de Paterson.

—Es terrible que maten a uno de tus hombres —observó Drummond, con los labios apretados—. Es una experiencia a la que usted aún no se ha enfrentado. Si algún día se da el caso, sentirá más compasión por Lambert, se lo aseguro. —Mantenía la vista clavada en el vidrio mojado—. Sentirá exactamente el mismo dolor, las mismas dudas, culpabilidad incluso. Repasará todo lo que dijo o hizo buscando algún error en sus órdenes, algún descuido, cualquier cosa que hubiera podido hacer de forma distinta para evitarlo. Yacerá despierto en la cama, atormentado, sentirá náuseas, hasta se preguntará si está usted capacitado para estar al mando.

—Yo no estoy al mando —afirmó Pitt con una leve sonrisa, no porque le preocupara el hecho en sí, sino porque percibía el cansancio en la voz de Drummond, conocía el dolor de Lambert.

—¿Qué dijo el forense? —preguntó Drummond—. ¿Ahorcamiento, lo que parecía?

—Sí —contestó el inspector con cautela—. Eso es todo, simple ahorcamiento. Eso es lo que lo mató.

Drummond se volvió por fin hacia él, ceñudo.

—¿Qué quiere decir con «simple ahorcamiento»? Eso basta para matar a cualquiera. ¿Qué más esperaba usted?

—Veneno, estrangulación, un golpe en la cabeza…

—¿Para qué, por el amor de Dios? No creo que necesite envenenar a un hombre para luego ahorcarlo.

—¿Se quedaría usted de brazos cruzados mientras alguien le pone una soga alrededor del cuello, la pasa por el gancho de la araña y lo iza? —preguntó Pitt.

En el rostro de Drummond aparecieron diversas expresiones: comprensión, ira, impaciencia consigo mismo y curiosidad.

—¿Ataduras en las muñecas? —preguntó—. ¿En los tobillos?

—No… nada. Requiere una explicación, ¿no es cierto?

El gesto de Drummond se volvió aún más adusto.

—¿Cuál es el siguiente paso? Será mejor que haga algo. El subcomisario ha vuelto a pasarse por aquí. Nadie quiere que este asunto continúe por más tiempo.

—Está diciendo que no quieren que se investigue más el caso de Farrier’s Lane, ¿no es eso? —dijo Pitt con amargura.

El rostro de Drummond se tensó.

—Naturalmente que no. Es muy delicado.

—Investigaré los últimos días de Paterson, desde que hablé con él hasta que murió. —Pitt contestó así la acuciante pregunta.

—Hágame saber lo que averigüe.

—Sí, señor, por supuesto.

Lambert fue de poca utilidad. Como Drummond suponía, aún estaba muy afectado por la terrible muerte de uno de sus hombres. Había interrogado a toda la pensión, a la gente de la calle, a todos los hombres que habían trabajado con Paterson o lo conocían personalmente. Estaba muy lejos de saber quién lo había matado.

Lambert informó a Pitt de los deberes policiales de Paterson durante su última semana de vida y, tras atar tediosamente todos los cabos de los testimonios, las horas y los lugares, Pitt se dio cuenta de que en el relato de sus días había considerables lagunas en las que nadie sabía dónde había estado.

Pitt supuso que había vuelto sobre los pasos de su investigación inicial del asesinato de Farrier’s Lane.

El inspector comenzó su propia investigación sobre Paterson volviendo al portero del teatro. El local estaba curiosamente apagado a esa hora del día; sin colorido, tan solo la cenicienta luz del día, sin risas, sin la expectación que antecede a una función, sin actores ni músicos entreteniendo al gentío, solo unas cuantas mujeres con fregonas sentadas en los escalones con los restos de una taza de té, leyendo los posos.

Pitt encontró a Wimbush en su pequeña habitación, en la zona de los camerinos.

—Sí. El señor Paterson volvió otra vez. —Wimbush se quedó pensativo—. Hará unos seis días, quizá cinco.

—¿De qué habló con usted?

—Del asesinato del señor Blaine. Justo igual que usted. Y le dije exactamente lo mismo que le dije a usted.

—¿Qué dijo él?

—Nada. Solo me dio las gracias y luego se marchó.

—¿Adonde? ¿Lo sabe?

—No, no me lo dijo.

De todos modos Pitt no necesitaba que se lo dijera el portero. Habló con la ayudante de camerino de Tamar Macaulay, que le dijo lo mismo. Paterson había ido a verla y le había hecho las preguntas que ya conocía. Ella le había dado las mismas respuestas.

Pitt salió del teatro y se dirigió hacia el norte, hacia Farrier’s Lane. Caía la tarde de un día frío y gris, la lluvia brillaba en las aceras y el viento perseguía la basura por las cunetas.

Se topó con mendigos, vendedores ambulantes, buhoneros, con quienes no tienen otra cosa que hacer sino vagar por la ciudad, apiñados en la calle para defenderse del frío, en busca de cobijo para pasar la noche, de portales donde poder dormir. Un brasero en el que un hombre manco vendía castañas asadas se le antojó una luz de bienvenida en la penumbra, una pequeña isla de calidez. Había una docena de hombres alrededor.

A Pitt le recordó a los individuos que merodeaban por las proximidades de Farrier’s Lane la noche en que asesinaron a Kingsley Blaine. Conocía sus nombres. Estaban en los expedientes que había leído al principio. Había vuelto a leerlos para refrescar la memoria.

Las posibilidades de que volviera a dar con alguno de ellos ahora eran escasas. Podían haberse ido a otras zonas, hallado una forma de vida mejor, o quizá peor. Podían estar enfermos, muertos, en prisión. La mortalidad era elevada y cinco años eran mucho tiempo.

¿Se habría molestado Paterson en buscarlos? ¿O en buscar a Joe Slater, el golfillo?

Seguro que lo primero que hizo fue ir a ver a la florista. Si es que aún seguía allí.

Sin embargo, cuando estaba a tan solo unos cientos de metros del lugar, Pitt se sorprendió encaminándose hacia Farrier’s Lane.

Avivó el paso, recorriendo a zancadas el húmedo empedrado, como si temiera perderse algo si vacilaba. Dobló la última esquina y vio a lo lejos, a la izquierda, la angosta abertura de Farrier’s Lane, una negra hendidura en el muro. Aminoró el paso. Quería ver el lugar, y al mismo tiempo le repugnaba. Se le hizo un nudo en el estómago, tenía los pies entumecidos.

Se detuvo frente al callejón. Tal como había dicho Paterson, la farola se hallaba a unos dieciocho metros. El viento silbaba en los aleros de los tejados sobre su cabeza, arrastraba un periódico viejo por la calle. El día tocaba a su fin y ya habían encendido las farolas de gas. Así y todo, Farrier’s Lane era un oscuro abismo impenetrable.

Se paró más o menos allí donde los maleantes se encontraban aquella noche y se quedó mirando el otro lado de la calle. Podría haber visto a una persona con claridad, la silueta de un hombre caminando habría resultado inconfundible. Sin embargo, a menos que se hubiera detenido y se hubiese vuelto hacia él, bajo la luz, no le habría visto la cara.

Cruzó la calle a toda prisa y, con el pulso acelerado y un nudo en la garganta, entró en Farrier’s Lane.

Era estrecho, el suelo era uniforme, pero apenas veía nada ante sí salvo el contorno del último muro que precedía al patio de las caballerizas. Debía de haber una luz; el resplandor era inconfundible desde los primeros metros. Imaginó a Kingsley Blaine eligiendo ese camino para llegar antes al club en que esperaba reunirse con Devlin O'Neil. ¿Acaso pensó en si habría alguien cuando dejó atrás la incierta luz de la calle y se adentró en las sombras del callejón? ¿Le pilló el ataque por sorpresa?

Los pasos de Pitt resonaban en las piedras, apremiantes, atemorizados. La niebla le atenazaba la garganta y su respiración era irregular. Ahora veía el farol del muro, que iluminaba el patio que tenía ante sí. Antes era una herrería; ahora, un ladrillar. Se adentró en él despacio, tratando de imaginar lo que sucedió aquella noche. ¿Qué vio Kingsley Blaine? ¿Quién le estaba esperando? ¿Aaron Godman, el actor, delgado, vivaz, vestido para ir al teatro, una bufanda de seda blanca resplandeciente a la luz de la farola de las caballerizas, un clavo largo, afilado en la mano? ¿O acaso un puñal que nadie había encontrado? ¿Seguro que no era importante? Sería bastante sencillo perder algo así. Naturalmente la policía había rastreado el lugar y no había hallado nada. Bastaba con un desagüe.

¿O acaso había sido otra persona? ¿Joshua Fielding? O la propia Tamar lo había… ayudado, instado a hacerlo.

Era una idea horrible que se apresuró a desechar sin saber por qué.

Permaneció inmóvil, mirando detenidamente alrededor. Allí, a la izquierda, debieron de estar las antiguas caballerizas. Media docena de cubículos. Una de las puertas era distinta de las demás, más nueva.

Sintió un ligero mareo, un sudor frío por todo el cuerpo.

Dio media vuelta y regresó a la oscuridad del callejón casi a la carrera. Salió a la calle sin aliento, el corazón desbocado, luego se detuvo de repente y permaneció quieto por un minuto. Acto seguido regresó caminando a Soho Square, donde tenía su puesto la florista.

Andaba tan deprisa que chocaba con la gente, sus pasos resonaban en la acera, la respiración bronca.

La florista estaba allí, una mujer baja, gorda, envuelta en un chal marrón rojizo. Le ofreció al instante un ramo de flores variadas y se apresuró a entonar la consabida cantinela.

—¿Flores frescas, señor? Cómprele un ramillete de flores a su dama. Recién cortadas. Mire, aún lozanas. Aspire el aroma del campo, señor.

Pitt rebuscó en el bolsillo y sacó una moneda de tres peniques.

—Sí, déme uno.

Ella no le preguntó si quería el cambio, se limitó a tomar la moneda y tenderle dos ramos de flores, con el rostro iluminado por el alivio. Conforme el día declinaba, el frío era más intenso, y parecía que no había tenido una buena jornada.

—¿Lleva mucho aquí? —preguntó Pitt.

—Desde las seis de la mañana, señor —contestó ella con expresión ceñuda.

Pasó una pareja de camino a una fiesta, los bajos del largo vestido de ella humedecidos del contacto con la acera, resplandeciente el sombrero de seda de él.

—Me refiero a que si lleva muchos años en este puesto —aclaró Pitt.

—Oh, sí, unos catorce. —Entornó los ojos—, ¿Por qué?

—Entonces fue usted la que vio a Aaron Godman después del asesinato de Farrier’s Lane, ¿no es así?

Al otro lado de la plaza, en alguna parte, se escucharon el quejido de un caballo y las imprecaciones de un cochero.

—Perdone, señor, pero ¿eso a usted qué le importa? —preguntó ella mirándolo con los ojos aún más entrecerrados.

—¿Había visto usted antes al señor Godman?

—Había visto su fotografía.

—¿Qué llevaba aquella noche? ¿Lo recuerda?

—Un abrigo, naturalmente. A esas horas de la noche, ¿qué otra cosa iba a llevar?

—¿Sombrero de copa? ¿Bufanda de seda blanca?

—¡No diga bobadas! Era un actor, no un petimetre… pobre diablo.

—Parece que lo siente.

—¿Y qué si es así? Ese mal nacido de Blaine se la jugó bien a su hermana, pobre desgraciada. De todos modos ahorcaron al pobre diablo.

—¿Llevaba una bufanda blanca?

—Ya se lo he dicho, llevaba la ropa del trabajo.

—Nada de bufandas. ¿Está segura?

—Sí. ¿Cuántas veces tengo que decírselo? ¡Nada de bufandas!

—¿Ha visto usted últimamente al agente Paterson?

—¿Y qué si lo he visto?

Pitt echó mano al bolsillo y sacó una moneda de seis peniques.

—Compraré más flores.

La mujer tomó los seis peniques sin pronunciar palabra y le entregó cuatro ramilletes. Eran tantos que Pitt se vio obligado a meter parte de ellos en el bolsillo izquierdo. Un par de caballeros vestidos de etiqueta pasaron por delante, los sombreros de copa resplandecientes, y lo miraron divertidos.

—¿Ha visto usted a Paterson en los últimos días? —preguntó de nuevo.

—Sí. Vino anteayer —contestó ella—. Me hizo las mismas preguntas otra vez, eso es lo que hizo. Y yo le respondí lo mismo. Luego sonó el reloj. —Echó la cabeza hacia atrás, en dirección al edificio que quedaba a sus espaldas—. Y me preguntó por eso.

—¿Por qué exactamente? ¿No fue ese el reloj que le indicó a usted que Aaron Godman estuvo aquí a la una menos cuarto?

—Eso es lo que el señor Paterson me dijo. Él estaba seguro de que era esa hora. Imposible hacerle cambiar de opinión. Al final yo misma pensé que así sería. Pero al principio dije que eran las doce y cuarto, porque eso creía. Sabe usted… —Le miró de soslayo para asegurarse de que él le prestaba toda su atención—. Sabe usted… ese es un reloj muy curioso. No suena una vez a y cuarto, dos a y media, y tres a menos cuarto, como la mayoría, sino solo una vez a menos cuarto. Él dijo que tenía que ser y cuarto, por lo mucho que yo había vendido. Pero al principio yo pensé que sería la una menos cuarto, porque cuando limpian el reloj, como ahora, suena raro. Hace una especie de runrún a menos cuarto. Aquella noche no lo hizo. —Abrió los ojos como platos y, de pronto, se sobresaltó—. Eso quiere decir que eran las doce y cuarto, ¿no?

—Sí… —corroboró Pitt lentamente, y le invadió una extraña sensación, casi de ahogo, nerviosismo, horror y asombro a un tiempo—. Sí, eso es lo que quiere decir, si está usted segura. ¿Está completamente segura? ¿Lo vio subirse al coche?

—Sí… en aquella esquina de allí —respondió la florista señalándola.

—¿Está segura?

—¡Pues claro que lo estoy! Le dije eso al señor Paterson y se le puso mala cara. Pensé que iba a desmayarse aquí mismo. Ese pobre diablo parecía a punto de caer muerto.

—Sí. —Pitt sacó del bolsillo la calderilla que le quedaba y se la ofreció a la florista, unos dos chelines y nueve peniques y medio.

La mujer observó las monedas con incredulidad, luego echó mano de ellas y se las metió en el bolsillo, dejando la mano dentro.

—Sí, no me extraña —murmuró Pitt—. Si Aaron Godman le compró flores a las doce y cuarto y tomó un coche directamente a su casa, en Pimlico, no pudo ser él quien asesinó a Kingsley Blaine en Farrier’s Lane a las doce y media.

—No —confirmó ella meneando ligeramente la cabeza—. Visto así, no creo que pudiera, pobre desgraciado. De todas formas lo ahorcaron… nadie puede devolverle la vida. Que Dios lo acoja en su seno.